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Reflexión, Trucos y tips, ZT

La insolencia, un mal de muchos, y en México también.

Me llega a mi correo este artí­culo de un conocido doctor en Argentina, el cual habla de un mal generalizado en su paí­s, la insolencia, casualmente no es muy diferente en México, de ahí­ que me permito reproducirlo aplicándolo para México de igual forma, y yo creo que también aplica para muchos otros paises, leanlo, esta un poco largo pero interesante, espero puedan aplicarlo.

En mi casa me enseñaron bien.
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:

Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.

Y esta regla se cumplí­a en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutí­a… Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así­ nos mantení­a a raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salí­an a trabajar… Porque habí­a trabajo para todos los papás, y todos los papás volví­an a su casa.

No habí­a que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.

Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tení­a reglas que respetar. Las reglas me contení­an, me ordenaban y me protegí­an. Me contení­an al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegí­an porque podí­a apoyarme en ellas dado que eran sólidas… Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.

Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa” o “escuchar cuando los mayores hablan”.

Habí­a otro detalle, las mismas personas que me imponí­an las reglas eran las mismas que las cumplí­an a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No habí­a diferencias. í‰ramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.

Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permití­a acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los lí­mites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente. .

La travesura y el castigo pertenecí­an a un mismo sabio proceso que me permití­a mantener intacta mi salud mental. No habí­a culpables sin castigo y no habí­a castigo sin culpables. No me diga, uno así­ vive en un mundo predecible..

El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existí­a el dos por uno. A tal travesura tal castigo.
Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.

Así­ fue en mi casa. Y así­ se suponí­a que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa habí­a “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se cumplí­an, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite decir).

El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí­ algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí­, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer:

«la impunidad». ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no habí­a impunidad.

En mi casa habí­a justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también habí­a piedad.

Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplí­a la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo… Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tení­a la convicción de que serí­a atrapado tarde o temprano, así­ que habí­a que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.

Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así­ fue en mi casa. Y así­ creí­ que serí­a en la vida.. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia habí­a algo que hací­a la diferencia, y hací­a que todo funcionara. En mi casa habí­a una “Tercera Regla” no escrita y, como todas las reglas no escritas, tení­a la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidí­a el comportamiento de mi casa:

Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.

í‰sta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo..

Eso es loque nos arruinó. LA INSOLENCIA.

Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar… a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes.

La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así­ no hay remedio.

El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergí¼enza.

La insolencia hace un culto de cuatro principios:

– Pretender saberlo todo
– Tener razón hasta morir
– No escuchar
– Tú me importas, sólo si me sirves.

La insolencia en mi paí­s admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación.

La insolencia en mi paí­s logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí­ pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que
sí­ pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira.

Así­ nos vamos a quedar sin trabajo todos. Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.

Bueno, y así­ están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serí­an las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas? Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayorí­a. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos
tan fácilmente a los atropellos de los insolentes?

Yo se lo voy a contestar.

PORQUE ES MíS Cí“MODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayorí­a, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.

Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros.

No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tí­relo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.

Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehí­culo, quédese parado y respete la regla.

Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.

Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA.

Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antí­doto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada. Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.

Porque hay que aprender a hacerlo todos los dí­as.. í‰se es el desafí­o.
Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los dí­as, todo el tiempo. Nuestro paí­s está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.

¿A USTED QUí‰ LE PARECE?

¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE ?

Espero no haber sido insolente.

En ese caso, disculpe.

Dr. Mario Rosen

(¿Serí­a muy insolente si le pido que lo comparta con todos los que conoces? o si tienes blog re-publicarlo?)

1 Comentario

  1. saul hernandez

    porque comentarios o articulos como este no salen en tv en cadena nacional en horario estelar en vez de las estupidas taranovelas??
    este tipo de articulos deberian leerse en las escuelas

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