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El segundo hombre más rico del mundo

En el despacho de un rascacielos en pleno corazón de Manhattan, el segundo hombre más rico del mundo, que habí­­a hecho su fortuna en un principio gracias a su genialidad con los computadores y más tarde robando las ideas de sus subalternos y competidores en la industria, hablaba por teléfono con un investigador.

Habí­­a sido un niño solitario y acomplejado, pero tan brillante, que se aburrí­­a en el colegio. A los quince años fabricó su primer ordenador en el garaje de su casa. A los veinte era millonario y, gracias a su inteligencia y su absoluta falta de escrúpulos, a los treinta tení­­a más dinero del que jamás hubiese imaginado. Pero su imperio habí­­a caí­­do en picado. El monopolio que ejercí­­a estaba llegando a su fin. Sabí­­a que con la fortuna que poseí­­a, podrí­­a vivir cómodamente el resto de sus dí­­as sin mover un solo dedo, pero la codicia le llevaba a desear más. Le molestaba enormemente ser el segundo.

Aquel dí­­a, sin embargo, recibió la noticia que llevaba esperando durante mucho tiempo. El investigador con el que hablaba era una eminencia en el campo de las redes neuronales. Creí­­a haber dado con un chip que revolucionarí­­a el mundo de la informática. Se trataba de un procesador constituido por millones de circuitos integrados miniaturizados al máximo, que funcionaba igual que el cerebro humano. Pero ahí­­ no estaba lo mejor. Este procesador neuronal habí­­a sido diseñado para ser compatible con el cerebro, de tal forma que serí­­a como un ordenador personal trabajando al servicio de la mente.

í­â€°l serí­­a el primer humano en utilizar aquel artefacto que revolucionarí­­a el mundo entero. La prueba con animales resultaba demasiado lenta y el segundo hombre más rico del mundo no disponí­­a de ese preciado tiempo. La codicia y las ganas de convertirse en el número uno encubrí­­an los peligros que podrí­­a conllevar el experimento. Tras colgar el teléfono se puso en camino del laboratorio para someterse a la intervención.

Cuando llegó, todo estaba ya preparado. Sus investigadores se encontraban realmente nerviosos. No creí­­an que fuese una idea muy cuerda probar el chip sobre una persona sin apenas haber observado posibles reacciones adversas. Si todo fallaba se quedarí­­an sin investigación y trabajo (la vida de su jefe les era indiferente, puesto que lo consideraban un tirano codicioso).

El millonario se tumbó en la camilla sin escuchar los consejos y advertencias que todos sus empleados le hací­­an. Lo tení­­a todo muy claro y su impaciencia estaba a punto de rebosar. Tras comprobar que eran inútiles las súplicas, los investigadores procedieron con la implantación del chip a través del tabique nasal, con una pequeña perforación.

Tras la inyección de anestesia, raudales de colores comenzaron a asaltar su mente. Era como un torbellino de tonalidades que fueron tornando en un verde esmeralda. Este color fue tomando forma: la de un billete de dólar. Abrió los ojos y una luz borrosa apareció ante ellos. Estaba aturdido y mareado. Parpadeó insistentemente hasta que los objetos comenzaron a aclararse. Una fina matriz de pixels surgió como una visión. Una visión que, sin embargo, el resto no percibí­­a. Era una especie de pantalla de ordenador que daba la impresión de estar suspendida en el aire, mezclada con el resto de imágenes que podí­­a distinguir.

A la vez, un agradable sonido comenzó a sonar en el interior de su mente. Era sonido mp3 directo a sus nervios auditivos. í­â€°ste cesó bruscamente y su propia voz anunció: No me esperaba menos de ti. Habí­­a grabado hace unos meses ese mensaje para aclamarse a sí­­ mismo si lograba su meta. Su grado de excitación aumentaba por momentos. Necesitaba gritar de alegrí­­a pero debí­­a mantener la compostura ante sus empleados. Cualquier cosa que pensase intencionadamente aparecí­­a en forma de comandos en esa especie de pantalla.

¡Lo habí­­a conseguido!. Serí­­a el hombre más poderoso y respetado. Eso era lo que él querí­­a: respeto. Y se harí­­a respetar a base de doblegar a todos cuantos se le pusieran por delante. No existirí­­a persona capaz de pensar a su velocidad y con ello sus respuestas sensitivas irí­­an por delante de todo lo que aconteciese. Estaba pensando en declararse presidente de los Estados Unidos. Y, ¿por qué de un único paí­­s pudiendo ser el jefe supremo del planeta?. En ese preciso instante en que la imagen del planeta sometido a su mandato aparecí­­a en su matriz, comenzó a sentir mucho calor. Las imágenes empezaron a ralentizarse. Los comandos que surgí­­an para solucionar el problema no tení­­an ningún efecto. Su nerviosismo fue en aumento. No podí­­a controlar aquello. Tení­­a que pararlo como fuese. No tení­­a tiempo que perder para conquistar el mundo. En ese preciso instante surgió un comando obedeciendo sus deseos : Ctrl + Alt + Supr. Lo último que vio fue una enorme pantalla azul que lo cubrí­­a todo.

Este cuento es obra de Lorena Fernández y está bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-Compartir Igual.

2 Comentarios

  1. Que bueno el cuento! Me ha gustado bastante, el final perfecto.
    Un saludo!

  2. ALBERTO

    Esta padrisimo tu cuento, felicidades, tu si escribes muy boniiiitooooo¡¡

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